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Por Andrea Duplá

¿Qué fibras íntimas agitan las promesas de conocer un pueblo fantasma en un espíritu aventurero? Tomar un desvío en lugar del camino principal, girar a la izquierda cuando los carteles señalan la derecha, subir una montaña y perderse bajo el reflejo de un sol abrasador, sin otra compañía más que la del mismísimo paisaje…Y una vez allí, más cerca del cielo, dejarse transportar a donde la imaginación nos guíe.

La experiencia es posible. Y es exquisita. Partiendo desde San Salvador de Jujuy o desde Tilcara por la Ruta Nacional 9 hacia el norte, hay que tomar el camino de tierra que va a Iruya y que aparece unos 24 kilómetros después de Humahuaca. Por ese camino se llega a Iturbe, donde un cartel indicará un desvío hacia la izquierda. De ahí en más resta transitar unos 15 kilómetros por un sendero de montaña, menos conocido y más sinuoso. Así se llega a La Cueva. Valen la pena las casi tres horas de viaje desde la capital jujeña (algo más de una hora y media si se parte desde Tilcara) para conocer este tesoro escondido en las alturas.

No hay un alma. Nadie anda por ahí. El lugar parece una escenografía montada a la espera de actores que no llegan, o que se fueron. Un caserío de otra época, con callecitas que viran del empedrado a la tierra, donde una capilla sobresale y por su aspecto cuidado desentona con el cuadro de abandono que dibujan las demás estructuras. Entre paredes de adobe un cartel señala lo que fue un almacén, y de algunas construcciones asoman restos de prendas tendidas que el sol y los años fueron deshilachando, como si alguien las hubiera dejado esperando volver. Las cimentaciones más antiguas conservan su base de piedra con huecos de los que brotan flores de cardos, ocupando los espacios que el hombre abandonó. Y sobre un cerro, un cementerio, como en cada pueblo de la Quebrada de Humahuaca.

El promotor de la aventura es un remisero de Tilcara que se gana la vida con el turismo y la enriquece buscando escenarios desconocidos en la Quebrada. “Esto es un pueblo fantasma”, dice Mario Corimayo, fascinado con el lugar al que llegó por primera vez perdiéndose en la montaña por el camino angosto y pedregoso que lleva a La Cueva.

Como quien abre una caja de viejos recuerdos familiares en busca de rastros de su pasado, hay que viajar en el tiempo hacia la historia colonial para entender el origen y develar los secretos de este pueblo abandonado. Más allá de que la zona estuvo habitada por comunidades aborígenes andinas ya en la época precolombina, los historiadores ubican las primeras poblaciones organizadas de esta zona de la Quebrada de Humahuaca en las últimas décadas del siglo XVII.

Se cree que La Cueva formó parte de la estancia de La Limpia Concepción, entregada como Merced de Tierra por el entonces gobernador de Tucumán. Aquella gobernación se extendía desde Córdoba hasta Salta y Jujuy, tenía suprema jurisdicción en el territorio, y quien estaba a su cargo era un delegado de la Corona Española que debía neutralizar los ataques de los indios del Chaco no sometidos al proceso de colonización. Entregar tierras a los conquistadores como premio por sus servicios en la protección de la llamada frontera de guerra era una facultad que el gobernador tenía y ejerció, y que dio inicio a las primeras páginas de la historia post hispánica de este pueblo.

La historiadora y docente de la Universidad Nacional de Jujuy, Gabriela Sica, nos ayudó a viajar al pasado a través de sus investigaciones en el Conicet sobre las sociedades prehispánicas y coloniales de la Quebrada de Humahuaca. “La estancia La Limpia concepción fue un lugar donde se daba trabajo a mestizos e indios, muchos de los cuales llegaban desde otros rincones de la Puna”, explicó Sica.

De estos habitantes de fines del siglo XVII son los primeros registros parroquiales de una zona que a su vez, se convertía en un punto clave del Camino Real. El largo trayecto que unía el centro minero de Potosí con Buenos Aires requería postas, donde los viajeros improvisaban el descanso y hacían el relevo de las mulas, imprescindibles como único medio de transporte posible por la Quebrada. Si el Camino Real era la columna vertebral de la economía en tiempos coloniales, las postas eran sus nervios. Y eran vitales.

A 3500 metros de altura y con un cielo sin nubes, el sol pega más fuerte. Apenas el canto de algún pájaro rompe la monótona melodía del viento. Ni el río suena, al menos en primavera, cuando el gobierno de la sequía hace del Río de la Cueva un cauce ancho, vacío y pedregoso. Con sus cimientos de piedra y sus paredes de adobe, las estructuras coloniales resisten el paso de los siglos. Todo indica, en cambio, que la iglesia elevada en el cerro debe haber sido refaccionada. Como la mayoría de los pueblos de la Quebrada y la Puna, La Cueva tuvo su propia capilla, “donde en cada fiesta patronal se esperaba al cura de Humahuaca, que viajaba especialmente para celebrar bautismos y casamientos”, según contó Sica.

Sin embargo, la arqueóloga Paola Ramundo, especializada en el estudio de sociedades prehispánicas del Noroeste argentino, estima que esa iglesia fue construida en el siglo XIX. Su estructura bien preservada contrasta con los cimientos de piedra de las otras construcciones, y desde su blanca estampa surge una invitación para asomarse al campanario, al que se accede por una pequeña puerta azul. Pero no se puede entrar; un candado asegura la custodia de vaya a saber uno qué secretos, y poco se sabe de quién guarda la llave.

La fuerte impronta que dejó la evangelización colonial en el Noroeste permite imaginar el lugar de relevancia que en la sociedad post hispánica tuvo esta capilla, hoy perdida en el tiempo. Como suspendida, al igual que el resto de las estructuras que componen el misterioso escenario de La Cueva. Cada pueblo, cada hacienda incluso, -relató Sica- se identificaba con su santo patrono, pero en muchos casos, la fe religiosa se incorporó a las creencias anteriores de las poblaciones indígenas andinas. Eso explica que los pueblos de reducción unan el nombre de su comunidad aborigen al de un Santo (San Antonio de Humahuaca, San Francisco de Paula de Uquía, Santa Rosa de Purmamarca, San Francisco de Tilcara, por ejemplo).

No exagera Mario Corimayo cuando habla de pueblo fantasma: La Cueva conserva hoy esos misterios bajo ese aspecto, con el sol y la montaña como únicos vigías. Posiblemente, el abandono del lugar fue progresivo y el puntapié inicial de la deserción estuvo ligado al ferrocarril, cuya traza deja de coincidir en esa zona con el Camino Real. A ello se suman los procesos migratorios hacia áreas urbanas de la provincia que se dieron en el siglo XX, con el desarrollo de las industrias siderúrgica y tabacalera, que movieron comunidades enteras hacia las zonas del Valle de Jujuy. Las poblaciones rurales, además, migraron hacia otros puntos de la Quebrada, así como a zonas de explotación minera en busca de trabajo.

El proceso de despoblamiento de La Cueva no es excepcional, hay muchos pueblos abandonados en el área rural de las tierras altas de Jujuy, explicó la historiadora Sica. Y en esos pueblos, a lo largo de la Quebrada de Humahuaca, hay un patrimonio arqueológico, histórico y natural de Jujuy con una importancia que no siempre se dimensiona. La provincia controla el trabajo de los arqueólogos a través de la concesión de permisos para investigar determinadas zonas, pero a la Dirección de Patrimonio Cultural de Jujuy se le hace difícil poder vigilar todos los tesoros, en los que muchas veces la mano del hombre arruina evidencias que no pueden ser recuperadas. Una pena que se pierdan trozos de historia. Y una pena, también, que poco se conozcan estos rincones enclavados en la montaña, alejados de circuitos comerciales, despojados de presente, pero llenos de pasado.

Dicen que del otro lado del río, de una estructura con forma de cueva –y de ahí el nombre del lugar- una vez salió la imagen de la Virgen. Dicen también que un joven descendiente de aquellos pueblos originarios guarda las llaves de la capilla y de las casas que se mantienen en pie, y que su misión es vigilar La Cueva para que nadie se instale. Como si hubiera un secreto a resguardar. Como si algún misterio no debiera ser develado.

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